365 DIAS CON EL PADRE PIO MES DE OCTUBRE

1 de octubre
Veo, queridísima hija, que todas las estaciones del año se dan en tu alma, ya que a veces sientes el invierno de la esterilidad, las distracciones, las desganas y los tedios; otras, el rocío del mes de mayo con el perfume de santas florecillas; otras, los colores del deseo de agradar a Dios. No te falta más que el otoño, en el que, como sabes, no brotan muchos frutos; pero sucede con frecuencia que, al trillar las mieses y prensar las uvas, uno se encuentra con cosechas más abundantes de lo que prometían la siega y la vendimia.
Tú, hija, querrías que todo se hallara en primavera o en verano; pero no, hija; es necesario que se den estas vicisitudes en el interior y en el exterior. Sólo en el cielo todo será primavera en cuanto belleza, todo otoño en cuanto gozo, todo verano en cuanto amor. No existirá invierno alguno; pero el invierno es necesario para ejercitarnos en la abnegación y en las mil pequeñas y bellas virtudes, que se practica en las épocas de esterilidad.
(18 de mayo de 1918, a Maria Gargani, Ep. III, 315)

2 de octubre
Camina siempre, mi buena hija, al mismo paso, y no te inquietes si este te parece lento; si tu intención es buena y decidida, no cabe más que caminar bien. No, mi queridísima hija, para el ejercicio de las virtudes no es necesario estar siempre, y de forma expresa, atenta a todas; esto sin duda enredaría y complicaría demasiado tus pensamientos y tus afectos.
En resumen, puedes y debes estar tranquila, porque el Señor está contigo y es Él el que obra en ti. ¡No temas por encontrarte en la barca en la que Él duerme y te deja! Abandónate totalmente en los brazos de la divina bondad de nuestro Padre del cielo y no temas, porque tu temor sería tan ridículo como el que pueda sentir un niño en el regazo materno.
(18 de mayo de 1918, a Maria Gargani, Ep. III, 315)

3 de octubre
Jesús sea siempre todo tuyo, y el padre san Francisco te recompense todo el bien que intentas hacer a las almas de nuestro país, animándolas a combatir bajo su santo estandarte. Dejo que te imagines la alegría y el consuelo que ha sentido mi corazón al conocer el florecimiento religioso que se está promoviendo por medio de la Tercera Orden franciscana.
He llorado de emoción y de consuelo; y, en el silencio de la noche y el retiro de mi celdita, he levantado muchas veces mi mano para bendeciros a todas y para presentaros a Jesús y a nuestro padre común san Francisco, para que os hayan mirado como a su descendencia elegida y para que, por medio de vosotras, vuelvan a llamar a muchas otras
almas que, pobrecitas, perdido el camino de la justicia y de la santidad y apagada en ellas la fe, se mueven errantes, como meteoros perdidos por el firmamento, por sendas extraviadas. Que la estrella de Jesús Niño ilumine también a estas almas y las conduzca hasta él, pastor y único padre de todos.
No te canses de propagar la Tercera Orden y de ofrecer a todos por este medio la vida verdadera. Haz conocer a todos a san Francisco y su verdadero espíritu. El mérito que tendrás reservado allá arriba será grande; pero recuerda también que es grande la responsabilidad que asumes ante Dios y ante tu conciencia, si no te esfuerzas por secundar este viento favorable de la gracia, que sopla con fuerza en ti y en nuestro país.
Sé, pues, siempre fiel a Dios en el cumplimiento de las promesas que le has hecho, y no te preocupes de las burlas de los insensatos. Has de saber que los santos son siempre despreciados por el mundo y los mundanos, y que han puesto bajo sus pies el mundo y sus máximas.
(31 de diciembre de 1921, a Violante Masone, Ep. III, 1079)

4 de octubre
Mi queridísima hija: ¡Jesús sea siempre todo tuyo, te mire siempre con benevolencia, te asista siempre y en todo con su gracia vigilante, te sea siempre y en todo escudo, apoyo y guía, y te haga santa!
Con estos deseos muy sinceros, que con frecuencia le presento a Jesús, doy respuesta a la carta que me enviaste por medio de la señorita Serritelli. Estoy contento al saber que rebosas siempre buena voluntad, y doy vivísimas gracias a Dios por ello. Procura hacer fructificar cada vez más los talentos recibidos de Dios.
Trabaja incansablemente por la salvación de nuestros hermanos, y lleva al conocimiento de todos el espíritu de san Francisco, que es del todo el espíritu de Jesucristo. La sociedad necesita reformarse; y yo no conozco otro medio más eficaz que el que todos sean terciarios de san Francisco y vivan su espiritualidad. Con esta finalidad y condición, te aceptaré en el número de mis queridísimos hijos.
Encomendándome a mí mismo y a todos los míos a tus plegarias, con paterno y redoblado afecto te bendigo.
(25 de enero de 1914, a Elena Bandini, Ep. III, 1050)

5 de octubre
Mantente firme en tus decisiones; permanece en la barca en la que te ha puesto nuestro Señor, que, aunque llegue la tempestad, no perecerás. Te parece que Jesús duerme, y es posible que sea así; pero, ¿no sabes que, si él duerme, su corazón cuida oportunamente de ti? Déjale incluso que duerma; pues en el momento oportuno despertará para ofrecerte la calma. El queridísimo san Pedro, dice la Escritura, se asustó y temblando exclamó: «¡Señor, sálvame!». Y nuestro Señor, tomándolo de la mano, le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?». Mira, hija, a este santo Apóstol: él camina a pie
enjuto sobre las aguas; las olas y los vientos no sabrían sumergirlo; pero el miedo al viento y a las olas lo desanima, lo abate. El miedo es un mal peor que el mismo mal. Hijita de poca fe, ¿qué puedes temer tú? ¿No cuida él de ti? Tú caminas sobre el mar, encuentras vientos y olas, pero, ¿estar con Jesús no te es suficiente? ¿A qué puedes tener miedo? Pero si el miedo te sorprende, grita con fuerza: «Señor, sálvame». Él te alargará la mano; apriétala con fuerza y camina con alegría sobre el mar de las tempestades de la vida.
(27 de diciembre de 1917, a una destinataria desconocida, Ep. III, 927)

6 de octubre
Vive tranquila, queridísima hija, borra de tu imaginación lo que pueda turbarte, y repite con frecuencia a nuestro Señor: Oh Dios, tú eres mi Dios, yo confío en ti; me asistirás y serás mi refugio y yo nada temeré; porque tú, no sólo estás con Él, sino que estás en Él y Él en ti. ¿Qué puede temer el hijo en los brazos de un tal padre? Sé, mi queridísima Erminia, como los niños; no piensan casi nunca en su futuro, tienen quienes piensan por ellos; son bastante fuertes, solamente están con su padre. Haz tú también lo mismo, queridísima hija, y vivirás en paz.
(23 de abril de 1918, a Erminia Gargani, Ep. III, 724)

7 de octubre
El alma que no ama a Dios no se preocupa de Dios, no experimenta en absoluto el temor de no amar a Dios, no se angustia pensando en Dios con el deseo sincero de amarlo; y si por casualidad alguna vez le viene a su mente el pensamiento, la idea de Dios, verás que enseguida, o casi enseguida, aleja la idea de su pensamiento.
Consuélate, te repito, porque, mientras tú temas no amar a Dios, y temas incluso ofenderlo, tú ya lo amas, tú ya no le ofendes de ningún modo. ¡Oh!, ¡quisiera el cielo que todas las almas sintieran el temor que tú sientes, desaparecería de la faz de la tierra la ofensa al Señor! ¡No se vería ya a tantas almas que caminan privadas del amor a Dios! Si fuera así para todas las almas, ¿me creerías?, nosotros perderíamos el concepto de almas privadas del amor a Dios, perderíamos hasta el concepto del pecado en la criatura humana, y todo esto lo contemplaríamos sólo en aquellos espíritus angélicos desgraciados que cayeron y fueron privados de su dignidad.
(4 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 368)

8 de octubre
Sufrir una prueba no depende en absoluto del alma, y nada se podrá hacer directamente para entrar en ella. Depende exclusivamente de la voluntad de Dios. Lo que te aconsejo es que estés tranquila y que no te preocupes por lo que sucederá. Todo concluirá en gloria de Dios y en santificación del alma.
Además, mantente siempre humilde ante la voluntad infinita del Señor, ensancha siempre tu corazón, agradece sin interrupción al buen Dios los favores que continuamente te otorga, porque no es digno de recibir nuevas gracias el que no sabe agradecer las que ya ha recibido. Y deja libre actuación a la gracia de Dios, buscando siempre su gloria, tu salvación y la de todas las almas; y no te olvides nunca que los favores celestiales se conceden no sólo para la propia santificación, sino también para la santificación de los demás.
(23 de febrero de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)

9 de octubre
Alegrémonos, pues llegará el día en que cantaremos a nuestro dulcísimo amante, descanso dulcísimo de todos los corazones enamorados de sus bellezas, himnos más alegres. Alegrémonos, te digo, pues llegará el día, y yo lo espero, en el que nuestro corazón ya no sufrirá por el remordimiento cruel de no amar suficientemente al dulce Señor.
Y mientras tanto, preparémonos a ese gran día y, si queremos bien a Jesús, sacudamos de una vez por todas y alejemos de nosotros todo lo que sabe a mundo y reflexionemos bien que todos los sufrimientos de esta vida no tienen, al decir de san Pablo, proporción alguna con la gran gloria que nos espera. Pensemos que el Esposo divino, no contento con la recompensa generosísima que reserva a nuestro amor en la otra vida, nos quiere dar a gustar un adelanto de la misma también en esta. Haga el Señor que comprendamos qué gran suerte es para el alma abandonarse en sus brazos, y estrechar un pacto con Él en estos términos: «Mi amado para mí y yo para Él»: yo soy toda para mi amado y mi amado es todo para mí; «que Él piense en mí, y yo pensaré en É l» 
(7 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 482)

10 de octubre
¿Por qué no sabéis amoldaros perfectamente a la voluntad divina? ¿Por qué pensáis que casi estáis sin pastor, sólo porque Él está lejos en el cuerpo pero muy cerca en espíritu? ¡Ah!, mis queridísimas hijas, es ya tiempo de salir de esta infancia espiritual y de elevar el espíritu a una cima más alta y respirar allí aire más puro.
En cuanto a mí, yo me encuentro aquí, donde no veo todavía más que un ligero movimiento del alma hacia la sólida y verdadera devoción y piedad cristiana, de modo que, si no estuviera aplastado por esta bendita espina que ni mis esfuerzos ni la voz y las aseveraciones de mi guía han logrado removerla, me encontraría en una paz envidiable. Pero me resigno de buena gana, sabiendo que no sufro inútilmente.
Bendigo de corazón a Dios, que me ha permitido conocer almas verdaderamente buenas; y también a ellas les he anunciado que sus almas son la viña del Señor: la cisterna es la fe, la torre es la esperanza, la prensa es la santa caridad, la cerca es la ley
de Dios que las separa de los hijos del mundo.

11 de octubre
A vosotras, mis queridísimas hijas, os digo: vuestra buena voluntad es vuestra viña; la cisterna son las santas inspiraciones de perfección que Dios hace llover desde el cielo; la torre es la santa castidad, que, como se dice de la torre de David, debe ser de marfil; la prensa es la obediencia, que aporta muchos méritos a las acciones que ella exprime; la cerca son vuestros compromisos y vuestras aspiraciones.
Dios, pues, hijas, conserve esta viña que Él ha plantado con su propia mano. Dios haga que sean cada vez más abundantes las aguas saludables de su gracia en su cisterna. Dios sea siempre el protector de su torre. Dios sea siempre el que hace dar vueltas a la prensa para exprimir el buen vino, y el que tiene cerrada y vigilada esta bella cerca con la que Él ha rodeado esta viña. Él haga que en ella los ángeles sean los viñadores inmortales.
(1 de mayo de 1918, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 585)

12 de octubre
Me horroriza, hermana mía, el daño que causa a las almas la privación de la lectura de los libros santos.
Mira cómo se expresan los santos padres cuando exhortan al alma a semejante lectura. San Bernardo, en su escalera claustral, indica que son cuatro los peldaños o los medios por los que se sube a Dios y a la perfección; y dice que son la lectura y la meditación, la oración y la contemplación. Y para probar lo que dice recurre a las palabras del Maestro divino: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»; y, aplicándolas a los cuatro medios o grados de la perfección, dice que con la lectura de la Sagrada Escritura y de los otros libros santos y devotos se busca a Dios, con la meditación se le encuentra; con la oración se llama a su corazón y con la contemplación se entra en el teatro de las bellezas divinas, abierto a la mirada de nuestra mente por la lectura, la meditación y la oración.
La lectura, sigue diciendo en otro lugar el Santo, es como el alimento espiritual dado al paladar del alma; la meditación lo mastica con sus discursos; la oración prueba su sabor; y la contemplación es la misma dulzura de este alimento del espíritu, que conforta plenamente al alma y la consuela. La lectura se detiene en la corteza de lo que se lee; la meditación penetra hasta el meollo; la oración va en su busca con sus preguntas; la contemplación se deleita como en algo que ya se posee.

13 de octubre
Es increíble el valor que daba san Jerónimo a la lectura de los libros santos. A Salvina le recomienda que tenga siempre a mano libros devotos, porque estos son un fuerte escudo para rechazar todos los pensamientos malvados con los que es atacada la edad juvenil. A san Paulino le inculca lo mismo: «Siempre –dice él– esté en tus manos el libro sagrado que dé alimento a tu espíritu con la lectura devota». A la viuda Furia le insinúa que lea con frecuencia las sagradas escrituras y los libros de aquellos doctores, cuya doctrina es santa y sana, para que no tenga que cansarse al elegir, entre el lodo de los falsos documentos, el oro de las santas y sanas enseñanzas. A Demetria le escribe así: «Ama la lectura de las sagradas escrituras si quieres ser amada por la sabiduría divina, si quieres ser custodiada y poseída por ella. Antes, te embellecías de diversos modos –agrega aquí enseguida el santo doctor–, llevabas alhajas en el pecho, gargantillas en el cuello, joyas preciosas en las orejas. En el futuro las sagradas lecturas sean tus alhajas y tus joyas, con las que adornes tu espíritu con pensamientos santos y con afectos devotos».
(28 de julio de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 138)

14 de octubre
Te pido que te detengas a observar la fuerza que tiene la sagrada lectura para inducir a cambiar de camino y para hacer entrar por la senda de la perfección, incluso a personas mundanas. Para este fin te basta reflexionar en la conversión de san Agustín. ¿Quién fue el que conquistó para Dios a este gran hombre? En definitiva, el que al final lo conquistó no fue ni la madre con sus lágrimas, ni el gran san Ambrosio con su elocuencia divina, sino precisamente la lectura de un libro.
Quien lea el libro de sus confesiones no podrá contener las lágrimas. Qué guerra tan atroz, qué enfrentamientos tan feroces sostuvo en su pobre corazón por la repugnancia grandísima que experimentó al abandonar los placeres obscenos de los sentidos. Dice él de sí mismo que se veía obligado a gemir, atado por su voluntad casi como por una dura cadena, y que el enemigo infernal tenía sujeta su voluntad entre los cepos de una cruda necesidad. Dice que experimentaba agonía de muerte al separarse de sus perversas costumbres. (...)
Pero mientras el Santo estaba siendo combatido por afectos tan tumultuosos, oyó una voz que le dijo: toma y lee. Obedeció enseguida a esa voz y, leyendo un capítulo de san Pablo, pronto se despejaron de su mente los densos nubarrones, se ablandó toda la dureza de su corazón, y su espíritu se encontró con una serenidad plena y una calma deliciosa. Desde ese momento, rompiendo con el mundo, con el demonio y con la carne, se dedicó totalmente al servicio divino, llegando a ser después ese gran santo que hoy se honra en los altares. (...)
Ahora bien, si la lectura de los libros santos tiene tanto poder para convertir a personas mundanas en espirituales, ¡qué grande debe ser la fuerza de esas lecturas para inducir a personas espirituales a mayor perfección!
(28 de julio de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 138)

15 de octubre
Usted me dice que la venerable sor Teresa del Niño Jesús solía decir: «¡Yo no quiero elegir ni la muerte ni la vida; haga Jesús de mí lo que él quiera!». Por desgracia, veo con toda claridad que este es el retrato de todas las almas vacías de sí y llenas de Dios. Pero, ¡qué lejos está mi alma de un despojo como este! No consigo frenar los ímpetus del corazón; sin embargo, padre, me esfuerzo por acercarme a lo que decía la venerable sor Teresa, que, por otra parte, debe ser el dicho de todas las almas inflamadas del amor de Dios.
Pero, siendo sincero, debo confesar que no lo consigo, ya que debo permanecer prisionero en un cuerpo de muerte. Constato, lo digo, que en mí no hay amor a Dios porque, si lo hubiera, siendo el mismo el espíritu que vivifica, el efecto debería ser el mismo.
Para entendernos: si el que actúa en mí fuese el que actuaba en sor Teresa, también en mí tendría lugar el dicho de aquella alma santa. Entonces, dígame: ¿no tengo motivos para dudar? ¡Ay de mí!, ¿quién me librará de este desgarro tan cruel de mi corazón?
(17 de octubre de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 674)

16 de octubre
Todos los sufrimientos de esta tierra, juntos en un haz, yo los acepto, Dios mío, los deseo como mi porción; pero nunca podré resignarme a estar separado de ti por falta de amor. ¡Ah!, por piedad, no permitas que esta pobre alma ande extraviada; no consientas nunca que mi esperanza se vea frustrada. Haz que nunca me separe de ti; y, si lo estoy en este momento sin ser consciente de ello, atráeme en este mismo instante. Conforta mi entendimiento, oh Dios mío, para que me conozca bien a mí mismo y conozca el gran amor que me has demostrado, y pueda gozar eternamente de las bellezas soberanas de tu divino rostro.
No suceda nunca, amado Jesús, que yo pierda el precioso tesoro que eres tú para mí. Mi Señor y mi Dios, muy viva está en mi alma aquella inefable dulzura que brota de tus ojos, y con la que tú, mi bien, te dignaste a mirar con ojos de amor a esta alma pobre y mezquina.
¿Cómo se podrá mitigar el desgarro de mi corazón, sabiéndome lejos de ti? ¡Mi alma conoce muy bien qué terrible batalla fue la mía cuando tú, mi amado, te escondiste de mí! ¡Qué vivamente grabada en mi alma, oh mi dulcísimo amante, permanece esa terrible y fulminante imagen!
(17 de octubre de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 674)

17 de octubre
¿Quién haría que yo consiga alejar o apagar este fuego que me arde en el pecho, de llamas tan encendidas por ti? ¡Ah!, Señor, no quieras acostumbrarte a gozar escondiéndote. ¡Tú comprendes la turbación y la agitación que se apoderan de todas las
potencias del alma e incluso de los sentimientos! Tú ves que mi pobre alma no se sostiene ante el cruel desgarro de este abandono, porque la has enamorado demasiado de ti, belleza infinita.
Tú sabes que ella te busca con afán. Este afán no es inferior a aquel que experimentaba tu esposa del Cantar de los Cantares; también ella, al igual que esta sagrada esposa, recorre, fuera de sí, las calles y las plazas, y ruega e insta a las hijas de Jerusalén a que le digan dónde está su amado: «Os suplico, hijas de Jerusalén, si habéis visto a mi amado, decídmelo, que muero de amor».
(17 de octubre de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 674)

18 de octubre
En esta situación, ¡qué bien comprende mi alma lo que se dice en los salmos: «Desfallece mi espíritu»!; «Me consumo ansiando tu salvación».
Sólo tú, Señor mío, sabes qué gran sufrimiento es este para el alma que te busca. Sin embargo, por tu amor, ¡mi alma sobrellevaría con paz este sufrimiento, si supiera que tampoco en esta situación es abandonada por ti, fuente de eterna felicidad!...
¡Ah!, tú comprendes bien el cruel martirio que supone para esta alma ver las graves ofensas que en estos tristísimos tiempos cometen los hijos de los hombres, y la ingratitud horrenda con la que es correspondida tu entrega amorosa, y la poca o nula importancia que estos ciegos dan al hecho de perderte.
¡Dios mío, Dios mío! Se puede decir también que estos ya no se fían de ti, porque tan descortésmente os niegan el tributo de su amor. ¡Ay de mí!, Dios mío, ¿cuándo llegará el momento en que esta alma vea restablecido tu reino de amor?... ¿Cuándo pondrás fin a mi sufrimiento?...
(17 de octubre de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 674)

19 de octubre
Oh, almas santas, que, libres de preocupaciones, ya estáis gozando en el cielo del torrente de dulzuras soberanas; ¡cómo envidio vuestra felicidad!
¡Ah!, por piedad, porque estáis tan cerca de la fuente de la vida, porque me veis morir de sed en este bajo mundo, sedme propicias dándome un poco de esa fresquísima agua.
¡Ah!, almas bienaventuradas, demasiado mal –lo confieso–, demasiado mal he gastado en mi porción, demasiado mal he guardado en una joya tan valiosa; pero, ¡viva Dios!, pues siento que todavía hay remedio para esta culpa.
Pues bien, almas dichosas, sedme corteses y ofrecedme una pequeña ayuda. También yo, ya que no puedo encontrar en el descanso y en la noche lo que necesita mi alma, también yo me levantaré, como la esposa del Cantar de los Cantares, y buscaré al que ama mi alma: «Me alzaré y buscaré al que ama mi alma»; y lo buscaré siempre, lo buscaré en todas las cosas, y no me detendré en ninguna hasta que lo haya encontrado en el trono de su reino...

20 de octubre
¡Oh Dios, oh Dios!, ¿adónde vuela mi pensamiento?; ¿qué será de aquellos infelices hijos tuyos y todavía hermanos míos, que quizá han merecido ya tus relámpagos? Tú, mi dulce redentor, sabes cuántas veces el recuerdo de tu rostro divino, indignado contra estos mis infelices hermanos, me ha helado la sangre de terror, más que el pensamiento de los suplicios eternos y de las penas todas del infierno.
Yo, temblando, te he suplicado siempre, como te suplico de nuevo ahora, que, por tu misericordia, te dignes retirar de estos mis desgraciados hermanos una mirada tan fulgurante. Tú, mi dulce Señor, has dicho que «el amor es fuerte como la muerte y duro como el infierno»; por eso, mira con ojos de inefable dulzura a estos hermanos muertos, encadenándolos a ti con una fuerte cadena de amor.
Resurjan, Señor, todos estos auténticos muertos. Oh Jesús, Lázaro no fue el que te pidió que lo resucitaras; le sirvieron las súplicas de una mujer pecadora. Oh, mi divino Señor, aquí tienes otra alma, también ella pecadora y sin comparación más culpable, que te ruega por tantos muertos, que para nada se preocupan de pedirte que los resucites.
(17 de octubre de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 674)

21 de octubre
El modo ordinario de mi oración es este. Apenas me pongo a orar, enseguida siento que el alma comienza a recogerse en una paz y en una tranquilidad que no se pueden expresar con palabras. Los sentidos quedan en suspenso, a excepción del oído, que algunas veces permanece activo; pero de ordinario no me molesta; y debo confesar que, aunque a mi alrededor se hiciera muchísimo ruido, no por eso me molesta en lo más mínimo.
De esto deducirá que son pocas las ocasiones en las que consigo discurrir con el entendimiento.
Y me sucede con frecuencia que, en momentos en los que el continuo pensamiento de Dios, siempre presente en mí, se aleja un poco de la mente, siento entonces que el Señor, de cuando en cuando, me golpea en el centro de mi alma de un modo tan penetrante y suave que, casi siempre, no puedo menos de llorar de dolor por mi infidelidad y por la ternura de tener un padre tan bueno y tan atento para volverme a llamar a su presencia.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

22 de octubre
Otras veces, en cambio, me sucede que me encuentro en una gran aridez de espíritu; siento que mi cuerpo se halla en un gran hastío a causa de sus muchas enfermedades; siento que me es imposible poder recogerme y hacer oración, por muy buen deseo que tenga.
Este estado de cosas se va intensificando cada vez más, tanto que, si no me muero, es un milagro del Señor. Después, cuando al esposo celeste de las almas le agrada poner fin a este martirio, me manda de repente tal devoción de espíritu que me es imposible resistir. En un instante me encuentro totalmente transformado, rico de gracias espirituales y tan fuerte como para desafiar a todo el reino de Satanás.
Lo que sé decir de esta oración es que me parece que el alma se pierde totalmente en Dios, y que saca más provecho en esos momentos que lo que podría conseguir en muchos años de intentarlo con todas sus fuerzas.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

23 de octubre
Otras muchas veces me siento impulsado por un ímpetu vehemente; me siento estrujar totalmente por Dios; me parece encontrarme a las puertas de la muerte. Todo esto brota, no como fruto de alguna reflexión, sino de una llama interna y de un amor tan inimaginable que, si Dios no viniera en mi ayuda, en cuestión de segundos quedaría consumado.
En el pasado, con mi esfuerzo, a veces lograba calmar estos ímpetus; ahora de ningún modo consigo controlarlos. Lo único que puedo decir sobre esto, sin riesgo de equivocarme, es que yo nada pongo de mi parte. En esos momentos, siento que el alma tiene un ardentísimo deseo de salir de la vida y, porque ve que esos deseos no encuentran respuesta, sufre una pena acerbísima y a la vez muy deliciosa, que no querría que cesara nunca.
Le parece al alma que todos los demás encuentran consuelo y alivio en sus propios sufrimientos, mientras que sólo ella queda en el sufrimiento. El sufrimiento que la va penetrando, exactamente en su centro, es tan superior a su naturaleza que le resultaría imposible sufrirlo, si el piadoso Señor no viniera, Él mismo, a moderar su violencia con algunos raptos con los que la pobre mariposilla se calma y se tranquiliza, bien porque el Señor le ha hecho gustar algo de lo que ella desea, bien incluso por los secretos que a veces le revela.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

24 de octubre
Me vienen también grandes deseos de servir a Dios con perfección. En esos momentos, no hay tormento que el alma no sufriera con alegría. También esto me sucede sin ninguna reflexión mía, y de repente. El alma no comprende de dónde le viene el gran coraje que siente.
Tales deseos consumen al alma por dentro, porque comprende, por una luz vivísima que Dios le da, que no es capaz de ofrecer a Dios el servicio que desearía darle. Después, todo termina en las delicias con las que Dios inunda el alma.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto

25 de octubre
Las más de las veces me produce gran sufrimiento tratar con los demás, excepto con aquellas personas a las que se habla de Dios y de la preciosidad del alma. Precisamente por esto amo tanto la soledad.
Con mucha frecuencia me supone gran trabajo satisfacer las necesidades de la vida; es decir, comer, beber, dormir; y me someto a ellas, como si fuera un condenado, sólo porque Dios lo quiere.
Me parece que el tiempo pasa velozmente y que no tengo tiempo suficiente para orar. Me siento muy atraído por las buenas lecturas; pero leo bastante poco, porque estoy imposibilitado por la enfermedad y también porque, abierto el libro, después de una breve lectura, me encuentro profundamente recogido, de forma que la lectura se convierte en oración.
Desde que el Señor me va concediendo estas cosas, me siento muy cambiado, como para no reconocerme en lo que yo era antes.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

26 de octubre
Veo con claridad que, si en mí hay algo bueno, me ha venido todo de estos bienes sobrenaturales. Reconozco, por tanto, que es de aquí de donde me ha venido esa firmísima determinación de sufrir todo con resignación y prontitud, sin cansarme nunca de sufrir, aunque, ¡desgraciado de mí!, con cuántas imperfecciones. Una decisión firmísima de no ofender a Dios ni venialmente; y sufriría mil veces la muerte del fuego antes de cometer de forma deliberada pecado alguno.
Siento que he mejorado bastante en la obediencia al confesor y a quien dirige mi alma; tanto que me consideraría poco menos que condenado si les contraviniera en alguna cosa.
En las conversaciones, si se prolongan por pasatiempo, debo hacerme grandísima violencia para permanecer allí cuando no puedo alejarme; y esto me produce mucha pena.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

27 de octubre
Todas las cosas sobrenaturales nunca dejaron de producir en mí un fruto notable. Estos favores celestes han dejado en mí, además de los efectos propios de cada favor, estos tres efectos principales: un admirable conocimiento de Dios y de su incomprensible grandeza; un gran conocimiento de mí mismo y un profundo sentimiento de humildad al reconocerme tan atrevido al ofender a un padre tan santo; y un gran desprecio de todas las cosas de la tierra y un gran amor a Dios y a la virtud.
Reconozco también que, de estos tesoros celestes, me ha venido un grandísimo deseo de tratar con las personas que más han avanzado en los caminos de la perfección. Las amo tanto porque me parece que me ayudan mucho a amar al autor de todas las maravillas, Dios. Me siento también muy impulsado a abandonarme del todo en la providencia; y ya no me preocupan las cosas, sean prósperas o adversas; y todo esto tiene lugar sin ansiedad ni preocupación.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

28 de octubre
Antes me asustaba mucho que los demás supieran lo que el Señor obra en mí; pero, desde hace algún tiempo, ya no siento esta confusión, porque veo que, no por recibir estos dones, yo soy mejor; incluso me veo peor y que saco poco provecho de todas estas gracias. Tal es el concepto que tengo de mí mismo que no creo que puedan existir otros peores que yo; y cuando veo en otros ciertas cosas que parecen ser pecado, no puedo convencerme de que hayan ofendido a Dios, aunque yo vea con claridad que es así. Sólo me preocupa el mal colectivo, que con frecuencia me hace sufrir muchísimo.
Esto es lo que de ordinario experimenta mi alma; pero algunas veces, aunque raramente, me sucede que, por distintos espacios de tiempo e incluso durante días, me veo privado de estos favores; y, de tal forma se borran de mi mente, que no logro recordar, como realizado en mí, ni el más pequeño bien. Me parece que mi alma está totalmente envuelta en tinieblas y que no logra acordarse de nada.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

29 de octubre
Todos los males corporales y espirituales se ponen de acuerdo para atormentarme. Me siento turbado en el espíritu. Quisiera, no digo orar, que sería demasiado, pero sí tener un solo pensamiento sobre Dios; pero, en esta situación, todo me resulta imposible. Me veo lleno de imperfecciones; todo el coraje que sentía antes me abandona absolutamente. Me veo debilísimo para practicar la virtud, para resistir los asaltos de los enemigos. Ahora, más que nunca, me convenzo de que en absoluto soy bueno. Me asalta una profunda tristeza, y un pensamiento terrible pasa por mi mente: el de poder ser un iluso sin darme cuenta de ello. ¡Sólo Dios sabe qué tormento es este para mí! ¿Quizá el Señor, pienso yo, podrá permitir, como castigo de mis infidelidades, que yo, sin saberlo, me engañe a mí mismo y a mis directores espirituales? ¡¿Y qué hacer para superar esta duda, cuando, por una luz que llevo en el alma, conozco perfectamente mis muchos tropiezos, en los que voy involuntariamente cayendo siempre, no obstante los muchos tesoros del Señor que llevo en mí?!
Lo que descubro con verdad y claridad es que mi corazón, también entonces, ama mucho, bastante más de lo que descubre mi entendimiento. Sobre esto no me asalta ninguna duda; y estoy tan seguro de amar que, después de las verdades de fe, de ninguna
otra cosa estoy tan seguro como de esto.
En esta situación, lo que sé decir con certeza es que no ofendo a Dios más de lo
acostumbrado porque, gracias al cielo, la confianza en Él no la pierdo nunca. En cuanto el Señor viene a visitarme, todo esto se pasa; el entendimiento se me llena de luz; la fortaleza y todos los buenos deseos los siento revivir en mí; y hasta en las enfermedades corporales me veo bastante aliviado.
(1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420)

30 de octubre
No des lugar en tu alma a la tristeza, porque ella impide la libre actuación del Espíritu Santo. Pero, si queremos entristecernos, entristezcámonos, sí, pero hagámoslo de modo que nuestra tristeza sea santa, y que nazca de ver que el mal se va expandiendo cada vez más en la sociedad actual. ¡Oh!, ¡cuántas pobres almas van apostatando diariamente de Dios, nuestro bien supremo!
El no querer someter el propio juicio al de los demás, sobre todo al de quien es experto en el tema en cuestión, es signo de poca docilidad, es prueba demasiado clara de secreta soberbia. Tú misma lo sabes y lo compartes conmigo; por tanto, ánimo, evita las recaídas, mantente muy atenta ante ese maldito vicio, sabiendo cuánto desagrada a Jesús, porque está escrito que «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes».
(26 de noviembre de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 245)

31 de octubre
Si no fuera, padre mío, por la guerra que el demonio me hace de continuo, estaría casi en el paraíso; me encuentro en las manos del demonio, que se esfuerza por arrancarme de los brazos de Jesús. ¡Cuánta guerra, Dios mío, me hace ese! En algunos momentos, poco falta para que pierda la cabeza por la violencia continua que debo hacerme. Padre mío, ¡cuántas lágrimas, cuántos suspiros elevo al cielo para ser liberado de esta situación! Pero no importa, yo no me cansaré de orar a Jesús. Es verdad que mis oraciones son más dignas de castigo que de premio, porque he disgustado demasiado a Jesús con mis incontables pecados; pero, al final, Jesús se apiadará de mí, o sacándome del mundo y llamándome a él, o librándome; y, si no quisiera concederme ninguna de estas dos gracias, espero al menos que querrá continuar concediéndome la gracia de no ceder a las tentaciones. Jesús, que no ha medido su sangre al derramarla por la salvación del hombre, ¿querrá acaso medir mis pecados para perderme como consecuencia de los mismos? Creo que no. Él se vengará, pronto y santamente, con su santo amor hacia la más ingrata de sus criaturas.
¿Y usted qué me dice sobre esto? Dígaselo también usted a Jesús, que le mantendré la promesa de no disgustarlo más, que incluso me esforzaré por amarlo siempre.
(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 208)

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