365 DIAS CON EL PADRE PIO MES DE SEPTIEMBRE

1 de septiembre
Abandona lo que el enemigo insistentemente va soplando a tu alma, queriendo hacerte creer que estás muy cerca de perderte. Desprecia esas maliciosas insinuaciones y vive tranquila, porque el Señor está todavía mucho más contigo en las tribulaciones. También la Sagrada Escritura nos asegura que un alma atribulada está unida a su Dios: «Con ella estoy, dice Dios, en las tribulaciones». Ánimo, pues, y no temas, porque es también cierto que el alma que teme perderse no se pierde, y que la que combate mirando a Dios cantará victoria, entonará el himno del triunfo. No hay motivo para asustarse, mi Raffaelina, pues el Padre del cielo nos ha prometido la ayuda necesaria para no ser vencidos por las tentaciones.
(10 de abril de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 393)

2 de septiembre
Cuando el enemigo quiera abrir una brecha en tu corazón para tomarlo por asalto con ese temor del pasado, piensa que el pasado ya quedó perdido en el océano de la bondad del cielo; y, por tanto, concéntrate en el presente, en el que Jesús está contigo y te ama; piensa en el futuro, cuando Jesús recompensará tu fidelidad y resignación o, mejor, todas aquellas gracias que él te ha regalado y te regala de continuo, de las que tú ciertamente no has abusado nunca maliciosamente. Por tanto, querría rogarte que, en cuanto te sea posible (porque a lo imposible nadie está obligado), depongas todo temor y mantengas siempre la confianza, la fe, el amor.
Decía la virgen sor Teresa del Niño Jesús: «¡Nosotros seremos juzgados por el amor!». ¿Entonces?... Amemos a Jesús. Dejemos que él actúe en nosotros como más le agrade, sabiendo que sus actuaciones están orientadas siempre a su mayor gloria y a nuestra mayor santificación.
(8 de octubre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 509)

3 de septiembre
Jesús quiere agitarte, sacudirte, moverte y cribarte como al trigo, para que tu espíritu alcance la limpieza y pureza que él desea. ¿Acaso se podría guardar el trigo en el granero si no está limpio de toda clase de cizaña o de paja? ¿Puede acaso el lino conservarse en el cajón del dueño si antes no se ha vuelto cándido? Y así debe ser también en el alma elegida.
Comprendo que parezca que las tentaciones más bien manchan que purifican el espíritu; pero de ningún modo es así. Escuchemos cuál es el lenguaje de los santos en relación con esto; y a ti te baste saber lo que dice el gran san Francisco de Sales, que las tentaciones son como el jabón que, desparramado sobre la ropa, parece ensuciarla, pero en verdad la limpia.
(11 de abril de 1914, a

4 de septiembre
No te deben atemorizar las innumerables tentaciones que te asaltan de continuo, pues el Espíritu Santo anuncia al alma devota que, si se decide a avanzar por los caminos de Dios, debe disponerse y prepararse para la tentación. Por eso, ¡ánimo!, que la prueba cierta e infalible de la elección de un alma para su perfección es la tentación, en la que la pobrecita será puesta como signo de contradicción en medio de la tempestad. Que nos anime a soportar la dificultad la vida de todos los santos, que no estuvieron libres de esta prueba.
La tentación no respeta a ningún elegido. Ni siquiera respetó al Apóstol de las gentes, que, después de haber sido arrebatado en vida al paraíso, fue tal la prueba a la que se vio sometido, que Satanás llegó a abofetearlo. ¡Dios mío!, ¡¿quién podrá leer aquellas páginas sin sentir que se le hiela la sangre en las venas?! ¡Cuántas lágrimas, cuántos suspiros, cuántos gemidos, cuántas súplicas no elevaba este santo Apóstol, pidiendo al Señor que retirara de él esta dolorosísima prueba! ¿Y cuál fue la respuesta de Jesús? No otra sino esta: «Te basta mi gracia... »; «La virtud se perfecciona en la enfermedad, en la prueba» .
(4 de septiembre de 1916, a Maria Gargani, Ep. III, 241)

5 de septiembre
¡Ánimo! Jesús, por medio de quien ha elegido por tu guía, también a ti te dirige la misma voz que hizo oír a san Pablo. Combate como valiente y obtendrás el premio de las almas fuertes. No te abandones nunca a ti misma. En los momentos en los que la lucha es más dura y el abatimiento más fuerte, recurre a la oración; confía en Dios y no sucumbirás nunca a la tentación. Has de saber que, si el Señor te pone a prueba, nunca permitirá que esta sea superior a tus fuerzas. Si te desprecia el mundo, alégrate, porque el primer odio lo soportó el autor de la vida, el divino Maestro. Si vives atribulada y afligida por toda clase de privaciones, de tentaciones y de pruebas por parte del demonio y de sus secuaces, levanta la mirada a lo alto, anímate; el Señor está contigo y no hay lugar para el temor.
El enemigo te hace la guerra, pero nunca podrá morderte. Lucha como valiente; lucha siempre contra los apetitos de la carne, contra las vanidades del mundo, contra las seducciones del oro y de los honores, con los que el demonio te tienta de continuo. Es cierto que el combate es terrible y penosa la lucha; pero, ¡arriba los corazones!; ten fija la mirada en lo alto; que te estimulen el mérito del triunfo, el consuelo inefable, la gloria inmortal que con esto damos a Dios.

6 de septiembre
Mi estado actual, padre mío, deja mucho que desear; me siento muy abatido. Veo que las cruces se suman a las cruces, los dolores a los dolores, y no podría tenerme en pie si la inmediata intervención del Padre del cielo no me sostuviera con su brazo omnipotente.
Al malestar físico se van añadiendo las duras luchas del espíritu. Nubes oscurísimas son cada día más densas en el cielo de mi pobre alma. Jesús está siempre conmigo, es cierto; pero ¡qué dolorosa, padre mío, es la prueba que somete al alma el peligro de ofender al esposo divino! Pero, ¡viva siempre Dios! La esperanza de vencer y salir victorioso y la decisión de seguir combatiendo no se me debilitan nunca.
(7 de septiembre de 1914, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 582)

7 de septiembre
Sean dadas infinitas gracias al piadoso Jesús por haber enjugado las lágrimas de su Iglesia y haber consolado la viudedad de esta enviándole su jefe, y porque todo se ha desarrollado según el corazón de Dios. Deseemos al nuevo pontífice que sea de verdad un digno sucesor del gran papa que ha sido Pío X. Alma verdaderamente noble y santa, que Roma nunca tuvo igual.
Hombre del pueblo, nunca disimuló su condición humilde. Fue en verdad el pastor supremamente bueno, el rey extremadamente pacífico, el dulce y misericordioso Jesús en la tierra. Oh, nosotros recordaremos al pontífice bueno más por tener un intercesor ante el Altísimo que para elevar al cielo nuestra plegaria fervorosa por el descanso eterno de su alma santa.
Él ha sido la primera, mayor y más inocente víctima de la guerra fratricida que nos ensordece con armas y soldados, y que llena de terror a Europa entera. No pudo resistir más el desencadenamiento de la temible tempestad; y su corazón, que había sido durante toda su vida fuente de un apostolado de paz para todo el mundo, se rompió en un estallido de dolor.
No hay duda de que él se ha ido de este mundo únicamente por el gran amor que le abrasaba el pecho.
Oremos, padre mío, por el cese de las hostilidades; desarmemos el brazo del divino juez, justamente airado contra las naciones, que nada quieren saber de la ley del amor.
(7 de septiembre de 1914, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 582)

8 de septiembre
Ayer tarde me sucedió algo que yo no sé ni explicar ni comprender. En medio de la palma de las manos ha aparecido un poco de rojo, de casi la forma de un céntimo, acompañado también de un fuerte y agudo dolor en medio de ese poco de rojo. Este dolor era más sensible en medio de la mano izquierda, tanto que dura todavía. También en las plantas de los pies advierto un poco de dolor.
Este fenómeno hace ya casi un año que se va repitiendo, aunque ahora hace ya algún tiempo que no me sucedía. Pero no se enfade si se lo digo ahora por primera vez; porque
me he dejado vencer por esa maldita vergüenza. ¡Y si supiera la violencia que he tenido que hacerme para decírselo ahora! Muchas cosas tendría para decirle, pero me faltan las palabras; sólo le digo que, cuando me hallo con Jesús sacramentado, los latidos del corazón son muy fuertes. A veces me parece que quiere salirse del pecho.
En el altar, con frecuencia siento un ardor tal en toda la persona que no puedo describírselo. Me parece que sobre todo el rostro quiere convertirse todo él en fuego. Qué señales son estas, padre mío, lo ignoro.
(8 de septiembre de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 233)

9 de septiembre
Vive totalmente en Dios; y, por el amor que esto te reporta, acéptate pacientemente a ti misma con todas tus miserias. Recuerda que el ser buenos siervos de Dios no implica estar siempre contentos, siempre en la dulzura, sin aversión ni repugnancia alguna al bien; porque, si eso fuera verdad, ni santa Catalina de Siena, ni santa Teresa, ni san Pablo habrían servido bien al Señor.
El ser buenos siervos de Dios comporta, por el contrario, ser caritativos con el prójimo, tener en la parte superior del espíritu un propósito inquebrantable de realizar la voluntad de Dios, tener una profunda humildad y simplicidad para entregarse a Dios y levantarse tantas veces cuantas se ha caído; aceptarse a sí mismo en las propias limitaciones y caídas, y soportar con paz a los otros en sus imperfecciones.
(4 de agosto de 1917, a una destinataria desconocida, Ep. III, 922)

10 de septiembre
El amor propio no muere nunca antes que nosotros. Mientras vivimos en este bajo mundo, hay que sufrir de continuo sus asaltos sensibles y sus secretas actuaciones; nos baste la gracia de Dios para saber que no consentimos con voluntad deliberada. Esta virtud de la indiferencia es tan excelente que ni el hombre viejo, es decir, el hombre sometido al pecado, ni la parte sensible, ni la naturaleza humana con sus facultades naturales han sido capaces nunca de conseguirla. Ni el mismo Hijo de Dios, como hijo de Adán, y aunque exento de pecado y de todas las apariencias de pecado, fue indiferente del todo en la parte sensible y en sus facultades naturales. También él manifestó a los apóstoles que su alma estaba llena de tristeza; también él buscaba consuelo; también él deseaba no morir; en una palabra, también él quiso experimentar todo lo que era efecto de la naturaleza humana. Quiso, sin embargo, practicar la indiferencia; y también nosotros, siguiendo su ejemplo, cuando nos lleguen las pruebas y tengamos que llevar la cruz, hemos de procurar practicarla en el espíritu, en la parte superior, en las facultades poseídas por la gracia.
Ánimo, pues, mi queridísima hija; vive totalmente en nuestro Señor y estate tranquila. Cuando te suceda que has quebrantado las exigencias de la indiferencia en cosas indiferentes, por súbitos arrebatos del amor propio y de nuestras pasiones, en cuanto te
sea posible, postra tu corazón ante Jesús y dile con toda confianza y humildad: «Señor, misericordia, que soy débil». Después, levántate en paz y tranquilízate, y con santa indiferencia prosigue tus actividades.
Es necesario comportarse en esas situaciones como se comporta un violinista. Cuando el pobrecito advierte una nota desafinada, no rompe la cuerda o deja el violín, sino que enseguida acerca la oreja para descubrir la causa del fallo; y, después, con paciencia, según convenga, estira o afloja ligeramente la cuerda.
Pues bien, actúa tú del mismo modo. No te impacientes por los errores cometidos ni quieras romper la cuerda cuando adviertas algo irregular, sino sé paciente; humíllate ante Dios; estira o afloja dulcemente la cuerda de tu corazón ante el Músico celeste, para que Él pueda poner a punto lo dañado.
(22 de noviembre de 1916, a Maria Gargani, Ep. III, 258)

11 de septiembre
Cuando asistas a la santa misa y a las funciones sagradas, que sea esmerada tu compostura al levantarte, al arrodillarte, al sentarte; y realiza con la mayor devoción todas las prácticas religiosas. Sé modesta en las miradas; no mires a un lado y a otro para ver quién entra o quién sale; no te rías, por respeto al lugar santo y también en atención al que está a tu lado; procura no hablar con nadie a no ser que la caridad o una verdadera necesidad te lo exijan. Si rezas en común, pronuncia distintamente las palabras de la oración, haz bien las pausas y no te apresures nunca.
En resumen, pórtate de modo que los asistentes queden edificados y, por medio de ti, se vean estimulados a glorificar y a amar al Padre del cielo.
Al salir de la iglesia, ten una actitud recogida y tranquila. Saluda primero a Jesús sacramentado, pídele perdón por las faltas cometidas en su divina presencia, y no te alejes de él sin haberle pedido antes y haber obtenido su paterna bendición.
(25 de julio de 1915, a Annita Rodote, Ep. III, 86)

12 de septiembre
Santidad, aprovecho Vuestro encuentro con los padres Capitulares para unirme espiritualmente a mis hermanos y depositar humildemente a Vuestros pies mi obsequio afectuoso y mi total devoción a Su Augusta Persona, en un acto de fe, amor y obediencia a la dignidad de aquel a quien representáis en la tierra. La Orden de los Capuchinos ha estado siempre en primera línea en el amor, la fidelidad, la obediencia y la devoción a la Sede Apostólica; pido al Señor que permanezca siempre así y que continúe en su tradición de seriedad y austeridad religiosa, pobreza evangélica, observancia fiel de la Regla y de las constituciones, aun cuando tenga que renovarse en la vitalidad y en el espíritu interior, siguiendo las directrices del concilio Vaticano II, para estar cada vez más dispuestos a remediar las necesidades de la madre Iglesia, secundando las indicaciones de Vuestra Santidad.
Sé que Vuestro corazón sufre mucho en estos días por la suerte que corre la Iglesia, por la paz del mundo, por las muchas necesidades de las naciones; pero, sobre todo, por la falta de obediencia de algunos, incluso católicos, a las altas enseñanzas que Vos, asistido por el Espíritu Santo, nos dais en nombre de Dios.
Os ofrezco mi oración y mi sufrimiento de cada día, como sencillo pero sincero recuerdo del último de Vuestros hijos, a fin de que el Señor Os conforte con su gracia, para continuar el recto y fatigoso camino, en la defensa de la verdad eterna, que nunca cambia con el mudar de los tiempos.
Os agradezco, también en nombre de mis hijos espirituales y de los «Grupos de oración», la palabra clara y definitiva que habéis dicho, especialmente en la última encíclica Humanae vitae; y reafirmo mi fe y mi obediencia incondicional a Vuestras iluminadas orientaciones.
Quiera el Señor conceder el triunfo a la verdad, la paz a su Iglesia, la tranquilidad a las naciones de la tierra, salud y prosperidad a Vuestra Santidad, para que, disipadas estas nubes pasajeras, el reino de Dios triunfe en todos los corazones, gracias a Vuestra acción apostólica de supremo Pastor de toda la cristiandad.
(12 de septiembre de 1968, al papa Pablo VI, Ep. IV, 12)

13 de septiembre
Dios nos manda que le amemos, no en la medida y el modo que Él se merece, porque sabe bien hasta dónde llega nuestra capacidad, y nunca nos manda o nos pide lo que no podemos hacer; pero nos manda que le amemos, según nuestras posibilidades, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón. Pues bien, ¿tú no te esfuerzas por hacer todo esto? Y, si no lo consigues, ¿por qué lamentarte?, ¿por qué angustiarte? Dios conoce muy bien nuestra intención, que es recta, que es santa ante Él. Dios sabe muy bien el motivo por el que permite que tantos buenos deseos no lleguen a ser realidad sino después de mucho esfuerzo, y que algunos no lo consigan nunca. Pues, ni siquiera en estos casos hay motivo para afligirse vanamente, porque siempre hay ganancia y provecho para el alma, porque, aunque sólo se consiguiera el fruto de la mortificación de las almas, ya sería gran cosa.
(3 de junio de 1917, a una destinataria desconocida, Ep. III, 918)

14 de septiembre
Ruega para que este Amante divino, este amado Esposo de nuestras almas, complete la obra de gracia que ha comenzado en mí, pobrecito. En mí, su pobre y mezquina criatura, a quien, desde el nacimiento, ha dado pruebas de una predilección especialísima; me ha demostrado que Él no sólo habría sido mi salvador, mi sumo bienhechor, sino también el amigo devoto, sincero y fiel, el amigo de corazón, el eterno e infinito amor, el consuelo, la alegría, el alivio, todo mi tesoro.
Y yo, ¡ay!, entre tanto, quizá inocente e inconscientemente, orientaba mi corazón,
siempre abrasado de amor por el Todo y por todo, a las criaturas que me eran placenteras y agradables. Él, que siempre ha velado por mí, me reprendía internamente; me reprochaba, paternamente, dulcemente sí, pero era el reproche que escuchaba el alma.
(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

15 de septiembre
Una voz triste pero dulcísima sonaba en mi pobre corazón; era el aviso del padre amoroso que dibujaba en la mente de su hijo los peligros que habría de encontrar en la lucha de la vida; era la voz del padre bondadoso que quería el corazón del hijo alejado de aquellos amores infantiles inocentes; era la voz del padre amoroso que susurraba a los oídos y al corazón del hijo que se apartara del todo de la arcilla, del fango, y que celosamente le pedía que se consagrara totalmente a Él.
Apasionadamente, con suspiros amorosos, con gemidos inenarrables, con palabras dulces y suaves, lo llamaba a sí, quería hacerlo todo suyo.
Más aún, casi celoso del hijo, permitía con frecuencia que la criatura, hija de la tierra y del fango, diera coces y lanzara golpes inmerecidos al hijo que Él amaba con tanta ternura y afecto; y que este comprendiera hasta qué punto había sido falaz y engañoso el amor que, inocente e infantilmente, daba a las criaturas...
Entonces yo, el hijo ingrato, lo comprendía todo y contemplaba claramente el cuadro terrible y espantoso que Él, en su infinita misericordia, me presentaba; cuadro en verdad desalentador, que habría hecho temblar y asustarse a las almas más probadas.
Al percibir aquellas inmundicias, aquellas miserias, yo invocaba enseguida los santísimos nombres de Jesús y de María, llamando con angustia al buen padre para que viniera en mi ayuda. Y he ahí que enseguida, en respuesta a mi llamada, Él se me presentaba; y, viendo que yo me esforzaba por alejar de mí aquel funesto cuadro, parecía que sonriera, parecía que me invitara a otra vida, me hacía comprender que el puerto seguro, el refugio de paz para mí era el ejército de la milicia eclesiástica.
(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

16 de septiembre
¿Dónde, Señor, podré servirte mejor que en el claustro y bajo el estandarte del Pobrecillo de Asís? Y Él, viendo mi turbación, sonreía, sonreía por largo tiempo; y esta sonrisa dejaba en mi corazón una dulzura inefable; a veces lo sentía verdaderamente a mi lado, me parecía ver su sombra; y mi carne, todo mi ser, se alegraba en su Salvador, en su Dios.
Y yo entonces sentía dos fuerzas dentro de mí, que luchaban entre sí y que laceraban el corazón. El mundo, que me quería para sí, y Dios, que me llamaba a una vida nueva. ¡Dios mío!, ¿quién podrá manifestar ahora aquel martirio interno que tenía lugar en mí?
El solo recuerdo de aquella lucha intestina, que se daba entonces dentro de mí, hace 
que se me hiele la sangre en las venas, y eso que han pasado ya, o están por pasar, veinte años.
¡Sentía la voz del deber de obedecerte a ti, Dios verdadero y bueno! ¡Pero los enemigos tuyos y míos me tiranizaban, me dislocaban los huesos, me escarnecían y me contorcían las vísceras!
Quería obedecerte a ti, mi Dios, mi Esposo. Este era siempre el sentimiento que primaba en mi mente y en mi corazón; pero, ¿dónde reunir las fuerzas que pudieran aplastar, con pie firme y decidido, primero los falsos halagos y después la tiranía de un mundo que no es tuyo?
(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

17 de septiembre
¡Tú lo sabes, Señor, las amargas lágrimas que yo derramaba delante de ti en aquellos días luctuosísimos! Tú lo sabes, Dios de mi alma: los gemidos de mi corazón, las lágrimas que bajaban de estos ojos. Tú tenías la prueba incontestable de aquellas lágrimas y de lo que expresaban, de almohadas que quedaban empapadas. Deseaba y siempre quería obedecerte, pero la vida me capturaba. Quería morir antes que dejar de responder a tu llamada.
Pero tú, Señor, que hiciste experimentar a tu hijo todos los efectos de un verdadero abandono, te levantaste al fin, me extendiste tu mano poderosa y me llevaste al lugar adonde ya anteriormente me habías llamado. Te sean dadas, Dios mío, infinitas alabanzas y acciones de gracias.
Tú aquí me escondiste a los ojos de todos; pero ya desde entonces habías confiado a tu hijo una misión grandísima, misión que sólo por ti y por mí es conocida. ¡Dios mío, Padre mío!, ¡¿cómo he correspondido a esta misión?!
No lo sé. Pero sé solamente que quizá debía haber hecho más, y este es el motivo de la actual inquietud de mi corazón.
Inquietud que siento que se va agigantando dentro de mí en estos días de retiro espiritual.
(Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile, Ep. III, 1005)

18 de septiembre
Levántate, pues, Señor, una vez más y líbrame ante todo de mí mismo; y no permitas que se pierda aquel a quien con tanto cuidado y urgencia has vuelto a llamar y has arrancado de un mundo que no es tuyo. Levántate, pues, Señor, una vez más y confirma en tu gracia a los que me has confiado; y no permitas que ninguno llegue a perderse abandonando el redil.
¡Oh Dios, oh Dios!... No permitas que se pierda tu heredad. ¡Oh Dios!, manifiéstate cada vez más a mi pobre corazón y completa en mí la obra que ya has comenzado.
Oigo en mi interior una voz que de continuo me grita: Santifícate y santifica. Pues, 
bien, queridísima mía, yo lo quiero, pero no sé por dónde comenzar.
Ayúdame también tú; sé que Jesús te quiere mucho y tú lo mereces. Háblale, pues, de mí; que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco; que pueda ser ejemplo para mis hermanos, de modo que el fervor continúe siempre en mí y crezca
cada día más, para hacer de mí un perfecto capuchino.

19 de septiembre
A mí me parece que el alma, cuanto más rica se ve, más motivos tiene para humillarse ante el Señor, porque los dones del Señor aumentan y ella no podrá nunca complacer plenamente al dador de todo bien. Y, además, tú en particular, ¿de qué te glorías? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si todo lo que tienes lo has recibido, ¿de qué te glorías, casi como si fuera algo tuyo?
Oh, repítete a ti misma cuando el tentador quiera conseguir que te engrías: todo lo que en mí hay de bueno lo he recibido de Dios en préstamo; gloriarme de lo que no es mío sería una estupidez. Haz de este modo y no temas.
(30 de enero de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 321)

20 de septiembre
Era la mañana del 20 del pasado mes de septiembre, estando en el coro después de la celebración de la santa misa, cuando me sentí invadido por un reposo semejante a un dulce sueño. Todos los sentidos, internos y externos, y las mismas facultades del alma, se encontraron en una quietud indescriptible. En todo esto reinaba un total silencio en torno a mí y dentro de mí; estando así, de pronto se hizo presente una gran paz y abandono a la completa privación de todo, aceptando la propia destrucción. Todo esto fue instantáneo, como un relámpago.
Y mientras acaecía todo esto, me vi delante de un misterioso personaje, semejante a aquel visto la tarde del 5 de agosto, con la sola diferencia de que en este las manos y los pies y el costado manaban sangre.
Su vista me aterrorizó; lo que yo sentía en mí en aquel instante me resulta imposible decírselo. Me sentía morir, y habría muerto si el Señor no hubiera intervenido para sostener el corazón, que yo sentía que se me escapaba del pecho.
Se retira la vista del personaje y yo me vi con manos, pies y costado atravesados y que manaban sangre. Imagine el desgarro que experimenté entonces y que voy experimentando continuamente casi todos los días.
La herida del corazón mana sangre continuamente, sobre todo del jueves por la tarde hasta el sábado. Padre mío, yo muero de dolor por el desgarramiento y la confusión subsiguiente que sufro en lo íntimo del alma. Temo morir desangrado, si el Señor no escucha los gemidos de mi corazón y no retira de mí esta operación. ¿Me concederá esta gracia Jesús, que es tan bueno?
¿Me quitará, al menos, esta confusión que yo experimento por estos signos externos? Alzaré fuerte mi voz a él y no cesaré de conjurarle, para que por su misericordia retire de mí, no el desgarro, no el dolor, porque lo veo imposible y siento que él me quiere embriagar de dolor, sino estos signos externos, que son para mí de una confusión y de una humillación indescriptible e insostenible.
(22 de octubre de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1092)

21 de septiembre
El conocimiento de tu indignidad y de tu monstruosidad interior es una luz purísima de la divinidad, que pone a tu consideración tu ser y la capacidad de cometer toda clase de delitos si te falta la gracia. Esta luz es un gran regalo de la misericordia divina, y fue concedida a los santos más excelsos, porque pone al alma a cubierto de todo sentimiento de vanidad y de orgullo y fortalece la humildad, que es el fundamento de la auténtica virtud y perfección cristiana. Santa Teresa tuvo también este conocimiento, y dice que es tan doloroso y horrible como para causar la muerte, si el Señor no sostiene el corazón.
El conocimiento de la indignidad potencial no se debe confundir con el de la indignidad actual. El primero hace a la criatura aceptable y grata a los ojos del Altísimo; el segundo la vuelve detestable, porque es el reflejo de la iniquidad presente en la conciencia. Tú, en la oscuridad en que te encuentras, confundes el primero con el segundo y, del conocimiento de lo que podrías ser, temes que ya eres aquello que en ti es sólo una posibilidad.
(20 de marzo de 1918, a Antonietta Vona, Ep. III, 847)

22 de septiembre
Jesús se complace en comunicarse a las almas sencillas; esforcémonos por adquirir esta hermosa virtud, tengámosla en gran aprecio. Jesús dijo: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos». Pero antes de enseñarnos esto con palabras, lo había practicado él mismo con los hechos. Se hizo niño y nos dio ejemplo de aquella sencillez que después enseñó también con palabras. Desterremos de nuestro corazón la prudencia humana, teniéndola muy lejos del mismo. Esforcémonos por tener siempre una mente pura en sus pensamientos, recta en sus ideas, siempre santa en sus intenciones.
Mantengamos siempre una voluntad que no busque otra cosa que a Dios y su gloria. Si nos esforzamos por avanzar en esta hermosa virtud, el que nos la enseñó nos enriquecerá siempre con nuevas luces y con mayores dones celestiales.
Tengamos siempre ante los ojos de la mente nuestra condición de sacerdotes y, hasta que no lleguemos a decir con san Pablo a todos, sin miedo a mentirles: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo», no dejemos de progresar continuamente en esta hermosa virtud de la sencillez.
Pero no daremos un solo paso en esta virtud, si no intentamos vivir en una paz santa e inalterable. Dulce es el yugo de Jesús, su peso ligero; por eso, no dejemos al enemigo
que se insinúe a nuestro corazón para arrebatarnos esta paz.

23 de septiembre
La paz es la sencillez del espíritu, la serenidad de la mente, la tranquilidad del alma, el vínculo del amor. La paz es el orden, es la armonía entre todos nosotros; es un gozo continuo, que nace del testimonio de la buena conciencia; es la alegría santa del corazón, en el que reina Dios. La paz es camino hacia la perfección, más aún en la paz se halla la perfección; y el demonio, que sabe muy bien todo esto, pone todos los medios para arrebatarnos la paz.
Estemos muy alerta ante el más mínimo síntoma de inquietud; y, en cuanto nos demos cuenta de que estamos para caer en el desánimo, acudamos a Dios con filial confianza y con un total abandono en Él.
Todos nuestros desánimos desagradan mucho a Jesús, ya que tales desánimos nunca dejan de ir acompañados de alguna imperfección y siempre tienen su origen en el egoísmo y en el amor propio.
(10 de julio de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 606)

24 de septiembre
De una sola cosa debe entristecerse el alma, de la ofensa hecha a Dios; y también en este punto hay que ser muy cautos. Debemos entristecernos sí por nuestras faltas, pero con un dolor que no nos quite la paz, confiando siempre en la misericordia divina.
Guardémonos además de ciertos reproches y remordimientos contra nosotros mismos, pues estos reproches casi siempre provienen del enemigo para perturbar nuestra paz en Dios.
Si tales reproches y remordimientos nos humillan y nos hacen diligentes en obrar el bien, sin quitarnos la confianza en Dios, tengamos por seguro que nos vienen de Dios. Pero si nos confunden y nos vuelven temerosos, desconfiados, perezosos y lentos para el bien, tengamos por seguro que nos vienen del demonio; y, como tales, rechacémoslos, avivando la confianza en Dios.
De este modo, manteniendo nuestro ánimo sereno y en paz en las dificultades, avanzaremos mucho en los caminos del Señor; por el contrario, si perdemos esta paz, nuestro esfuerzo por alcanzar la vida eterna conseguirá poco o ningún fruto.
(10 de julio de 1915, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 606)

25 de septiembre
Las sombras que invaden tu espíritu no son otra cosa que efecto de la luz refleja que se aleja de tu alma. Pero el Señor ha hecho que a esa luz refleja suceda otra luz mucho más viva e intensa; y esta luz no es distinta o, mejor, es la misma que un día debe unir en
matrimonio celeste a la criatura con su creador.
No debe maravillarte si esta altísima luz produce efectos diversos y, estoy por decir,
casi contradictorios, porque no depende de las distintas disposiciones y de los distintos estados del alma en la que esto se está realizando. En un primer momento, esta luz penetra en el alma y la deja en un estado de sufrimiento, porque descubre manchas que ella jamás había visto; y sólo allá arriba habría visto las que ve también ahora.
Muchos son los motivos por los que el alma se encuentra así de apenada; pero, de entre ellos, sobresale uno que es el que más atormenta a esta predilecta de Dios. El alma, apenas es traspasada por esta luz altísima, ve a Dios, no ya como padre amoroso, sino como juez rigurosísimo. Y, lejos de ser acusada por Dios, ella misma, toda llena de terror, se inculpa a sí misma, única y sola causante de tan gran desventura.
(Marzo de 1916, a Margherita Tresca, Ep. III, 167)

26 de septiembre
Esta alma, tan encendida de Dios, en absoluto se reconoce como tal. Cree que no ama a Dios y, por mucho que la pobrecita se esfuerce por amarlo, le parece que el Señor no sólo no acepta su amor, sino que incluso lo rechaza. De aquí surge en su corazón el pleno convencimiento de que será rechazada por Dios para siempre, sin esperanza alguna de que Él regrese al alma.
Con todo, a pesar de este convencimiento, el alma no desespera; son más insistentes los clamores que eleva al cielo; su golpear a la puerta del huésped divino es continuo, incluso estando convencida de que jamás le será abierta esa puerta, de que el cielo jamás extenderá su reinado sobre ella.
¡Pobrecita! ¡¿Cómo debe actuar para sostenerse?! ¿Quién es el que de hecho la sostiene? Debe convencerse de que Dios, a quien el alma considera lejos, está dentro de ella y obra en ella, con una actuación cuyas acciones y eficacia son iguales a su amor por sus creaturas.
He aquí, en resumen, puesto al desnudo, el estado actual de tu alma. A ti no te queda más que resignarte, bendecir la mano de quien te conduce por una vía extraña, sí, pero acertadísima para el fruto que de ella viene a tu espíritu. Estate segura de que, si bien es cierto que el cielo te parece totalmente negro y lleno de nubes para ti, está muy sereno en tu espíritu. Esta serenidad tú no la ves, no la puedes ver, y no debes verla porque así lo quiere Dios y porque esto es lo mejor para tu alma; pero, entre tanto, la serenidad resplandece y yo te lo aseguro en el Señor y con el Señor.
(Marzo de 1916, a Margherita Tresca, Ep. III, 167)

27 de septiembre
Cuántos cortesanos van y vienen cientos de veces ante el rey, y no para hablarle o para escucharlo, sino sencillamente para ser vistos por él y, de este modo, manifestarse como sus fieles servidores. Este modo de estar en la presencia de Dios, únicamente para
expresarle con nuestra voluntad que nos reconocemos siervos suyos, es muy santo, excelente, puro y de una grandísima perfección. Él hablará contigo, paseará en tu compañía cientos de veces por las sendas de su jardín de oración; y si esto no sucediera nunca –lo que se puede decir que es imposible, porque a este padre tan tierno no le aguantará el corazón ver a su creatura en perpetua fluctuación–, conténtate con ello, pues nuestra obligación es la de seguirle, considerando que para nosotros es un honor y una gracia muy grande el que Él nos tolere en su presencia.
De esta manera no estarás inquieta por hablarle, porque el otro modo de estar a su lado no es menos útil, o quizá incluso lo es mucho más, aunque nos agrade menos. Por tanto, cuando te encuentres junto a Dios en la oración, reflexiona en esta verdad; háblale si puedes; y, si no puedes, detente allí, hazte ver y rechaza otras preocupaciones.
(23 de agosto de 1918, a las hermanas Campanile, Ep. III, 979)

28 de septiembre
Cómo se entristece mi corazón al verte sacudida cada día por nuevas y furiosas tempestades; pero es mucho mayor el gozo en mi espíritu al saber con certeza que la furia de las olas en ti las permite, con especial providencia, el Padre celestial, para hacerte semejante a su amadísimo Hijo, perseguido y golpeado hasta la muerte, ¡y hasta la muerte de cruz!
En la medida en que son grandes tus sufrimientos, lo es el amor que Dios te ofrece. Aquellos, querida mía, te sirvan de medida de comparación del amor que Dios te tiene. El amor de Dios lo conocerás por esta señal: las aflicciones que te manda. La señal la tienes en tus manos y está al alcance de tu inteligencia; alégrate, pues, cuando la tempestad se embravece; alégrate, te digo, con los hijos de Dios, porque esto es amor singularísimo del Esposo divino hacia ti. Humíllate también ante la majestad divina, considerando cuántas otras almas hay en el mundo, más dignas y más ricas de dotes intelectuales y de virtudes, y que ciertamente no son tratadas con ese singularísimo amor con el que tú eres tratada por Dios.
(19 de septiembre de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 174)

29 de septiembre
Que te haga la guerra Satanás, bien directamente con sus malignas sugerencias, bien indirectamente por medio del mundo y de nuestra naturaleza corrompida; que haga mucho ruido ese infeliz apóstata; que te amenace, incluso, con tragarte: ¡no importa! Él nada podrá contra tu alma, porque Jesús ya la tiene estrechada a sí y la sostiene calladamente con su gracia siempre vigilante. Tranquilízate, hija querida de Jesús, porque te digo la verdad: nunca en el pasado tu espíritu ha estado tan bien como ahora.
Y no llegues a creer que soportas tus sufrimientos como reparación por culpas cometidas, pues es únicamente la acción del Señor, que te aflige para adornar la diadema con las perlas que quiere para ti.

30 de septiembre
No dudes de la ayuda divina, no te abandones a ti misma por las múltiples aflicciones, de las que te ves rodeada de continuo, pues todo redundará en gloria de Dios, y en salvación del alma. Dime, ¿cómo puedes dudar de estas aseveraciones? Sin la gracia divina, ¿habrías podido superar tantas crisis y tantas luchas, a las que en el pasado ha estado sometido tu espíritu? Confía, pues, siempre, porque esa misma gracia hará en ti el resto: tú alcanzarás la salvación y el enemigo se consumirá en su rabia.
Mientras tanto, sigue rezando, agradeciendo y sufriendo por las intenciones que Dios quiere y de acuerdo a su divina voluntad. Que te anime a ello el pensamiento de que el premio no está lejos. Comprendo que la prueba es dura, que la lucha es para el alma más penosa de lo que se pueda decir, pero es grande también el mérito del triunfo, inefable el consuelo, inmortal la gloria, eterna la recompensa.
(20 de abril de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 403)

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